La obra se desarrolla en una caja negra absolutamente
despojada, bañada por la arquitectura lumínica y
una proyección de video que configura el espacio con un
diseño abstracto de blancos y negros puros.
Tres intérpretes habitan este espacio frío y borroso,
surcado por imágenes y haces de luces que impactan sobre
sus cuerpos que comienzan a viajar en contra de su propia presencia.
Un violinista y dos bailarinas forman parte de este entramado
en un espacio – tiempo de dimensión no necesariamente
entera, peregrinando en la frontera entre el determinismo y el
azar.
Lenguaje de movimiento auténtico, desarrollado a partir
de algoritmos recursivos; banda original electrónica grabada
utilizando medios mixtos y músico en vivo; vestuario blanco,
simple y de neto corte geométrico e ingeniosas imágenes
digitales convergen para que los cuerpos diluidos ya en fragmentos
devengan finalmente en imagen.
No hay narrativa, no hay causa - efecto; solo tres sujetos fractales
transformando nuestro modo de mirar, percibir y valorar la realidad
dentro del marco del paradigma complejo, regido por el orden -
desorden, la recursividad y la autosimilitud.